PAQUITO D RIVERA

PAQUITO D RIVERA

Por: Magos Herrera

Fotógrafa: Sophie Elgort

“¡Mamá, yo quiero un frac como el de Cab Calloway!”, le dijo el pequeño Paquito a su madre Maura, una mujer nacida en Santiago de Cuba que coleccionaba revistas Vogue para encontrar inspiración en su oficio de costurera.

Veo a Paquito del otro lado de la pantalla, familiar, abrazador e infinitamente divertido. Y como un libro de Isabel Allende, descubro la exuberancia de una vida florida y generosa. Entre sus recuerdos me cuenta que a los 12 años visitó Nueva York por primera vez para tocar en el entonces Teatro Puerto Rico. Muchos años después celebraría, en el icónico Carnegie Hall, 50 años de carrera con la Orquesta Sinfónica de las Américas, dirigida por Tania León y los invitados Cachao, Bebo Valdés, Pablo Ziegler, Michael Camilo, el Cándido Camero, las Hermanas Márquez, el violoncelista Yo-Yo Ma, Rosa Passos, Claudio Roditi, el quinteto New York Voices, Andy Narrel y Dave Samuels.


Para Paquito, esta es la ciudad de sus sueños y es en ella donde se reveló su visión artística representada en su obra Panamericana Suite, comisionada por Jazz at Lincoln Center Orchestra, una impresionante síntesis cultural que abarca desde América del Norte, Central y del Sur donde el batá cubano, el bandoneón argentino, el cuatro venezolano y la marimba sudamericana danzan juntos al pulso del mar Caribe.

La primera vez que lo escuché en vivo fue en 2015 en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, con la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Carlos Miguel Prieto, y recuerdo que el público lo abrazó como si fuera propio. Paquito habita en el corazón de México y me cuenta de su cercanía con mi tierra natal; una de sus primeras aproximaciones a otros géneros fue una pieza que escribió en los años setenta, dedicada al compositor mexica- no Moncayo, “Wapango” (con W), que creció con las películas mexicanas del Cine de Oro, riendo con las ocurrencias de los comediantes como Tintán y Clavillazo y posteriormente Cantinflas, por quien tiene una especial fascinación. No por nada Paquito cuenta su historia personal de exilio, peregrina- je, desencuentro y asimilación de una nueva tierra con humor, que bien dice Woody Allen: “La comedia no es más que tragedia más tiempo”.


Paquito, con su risa, abraza y unifica, como lo ha hecho integrando a Brasil en la conversación de las Américas, creció escuchando a su papá tocar en su saxofón el tema “Tico Tico”, de Zequinha de Abreu, para después escuchar a Charlie Parker hacer una interpretación monumental de este tema con la Orquesta de Machito. Me cuenta que el primer concierto que dio con su quinteto ya radicado en La Gran Manzana fue en un loft llamado Sound Escape. Ahí conoció al músico Gaudencio Thiago de Mello, quien le habló del trompetista brasileño Claudio Roditi, el cual se convirtió en amigo entrañable y el encargado de presentarle al baterista Portinho, al bajista Sergio Brandao y, posteriormente, a la cantante Leny Andrade, que en ese momento fuera colaboradora de Pery Ribeiro en Gemini V-Bossa Tres. Con ellos escuchó el tema “Estamos aí”, de Durval Ferreira, que adoptara como un himno personal al amor, la paz y la vida, y que a la fecha incluye en sus repertorios.


Recientemente, en agosto de 2021, Paquito fue mi invitado especial en un concierto que di, ofrecido por el gobierno de la ciudad de Nueva York en Little Island, el nuevo atractivo proyecto arquitectónico de Manhattan donde se celebraba la resiliencia y el espíritu de reconstrucción en una época donde la pandemia forzó al mundo a modificar la forma de conectarnos y crear comunidad en una forma de renacimiento. Fue una emocionante noche cálida y de luna llena a la orilla del río Hudson. Cuando tocamos “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, la luna se asomó amplificando el brillo del reflejo de las aguas, Paquito en escenario nos transportaba a un mundo lleno de posibilidad y alegría, su clarinete —o saxofón— son la extensión de una elocuencia infinita que nos recuerda todas las flores, aves, mares, ríos, querencias y secretos impregnados en los muros de nuestra memoria emocional latinoamericana. Nos recuerda, como dice la canción, que “estamos ahí”, que la música prosigue si todos cantamos, que la música vale, crece y vence, y como él mismo me dice: “Si el final del mundo llegara a mí, lo bailado nadie me lo quita”.